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Controlar los sentimientos

Crecemos en un ambiente social que nos estimula a pensar que no somos dueños de lo que sentimos, pero en realidad no es así.

Tus sentimientos son una reacción física que experimentas como una consecuencia de tener un pensamiento.

Tus pensamientos, ya sean sobre tí mismo, sobre otras personas o sobre el mundo inanimado, son siempre de tu exclusiva competencia.

Nadie puede obligarte a pensar sobre un determinado asunto o de determinada manera.

Dentro de tu cabeza, tú eres el único que manda; nadie puede entrometerse con tus pensamientos. Salvo los casos especiales de técnicas psicológicas como el lavado de cerebro o el hipnotismo, tú decides sobre qué y cómo prefieres pensar.

Los sentimientos no aparecen por sí solos; son provocados por objetos o hechos que te llegan a través de percepciones, ya sea desde el exterior o desde tu interior.

“Tú percibes algo que ocurre dentro o fuera de ti, o algún objeto del mundo que te rodea. Esa percepción provoca un pensamiento que a su vez provoca un sentimiento.

Esta es la cadena que debes tener presente si quieres controlar tus sentimientos”.

Si no tuvieras la percepción de un hecho no podrías sentir nada al respecto. Supongamos que la noticia de la muerte de una persona amiga te entristece; si no te hubiera llegado esa noticia, la tristeza no hubiera tenido lugar. Pero además hay que tener en cuenta que, por lo general, a la percepción en sí le añadimos nuestra propia opinión o conclusión (el pensamiento). Esa conclusión es la que provoca el sentimiento.

Algunas personas creen que los sentimientos pueden aparecer espontáneamente sin necesidad de que ocurran las tres etapas que he explicado. Esas personas dicen, por ejemplo, "Hoy me levanté enfadado", o triste, o alegre o lo que sea.



El motivo de que opinen de este modo es que nunca se han preocupado de controlar sus pensamientos y por lo tanto no saben que era lo que pensaban en un momento determinado. Si se preocuparan de indagar en su mente, encontrarían la causa de su enfado, tristeza, etc.

Debemos admitir que nadie está permanentemente alegre o triste o enojado; los sentimientos van y vienen aunque en ciertas personas algunos ocurran con más frecuencia que otros. Hay personas que están tristes la mayor parte del tiempo y otras en cambio están contentas. Pero no hay nadie, por más alegre que sea, que esté todo el tiempo alegre, ni ningún triste que no abandone en algún momento su tristeza.

Quiere decir que todo sentimiento en algún instante comenzó, tuvo su momento de inicio. Si estás alerta para detectar ese momento de inicio, lo cual implica que tienes que prestar atención a tus sentimientos, podrás tratar de recordar qué estabas pensando en el momento en que se inició el sentimiento. Si consigues recordarlo, verás que siempre hay una relación entre lo que pensaste y lo que sentiste.

Otras personas admiten que los sentimientos tienen una causa, pero creen que esa causa es siempre externa. Los escucharás decir: "Este mal tiempo me pone triste", "Esa persona me hace sentir mal" o "Siempre me haces enojar". La realidad es que el tiempo o las personas no son los que provocan nuestros sentimientos, sino lo que pensamos acerca de ellos, por ejemplo los recuerdos que nos traen.



El ser humano se siente mal o bien por un número asombrosamente limitado de razones, que tienen su origen en las necesidades básicas de la persona. Estas necesidades no son muchas y se encuentran catalogadas por los psicólogos.



Pero en cambio son múltiples y diversas las maneras en las cuales esas necesidades pueden verse satisfechas o amenazadas.



Cuando pensamos que algo puede influir positivamente o negativamente en una necesidad, sentimos algo.



Sino, el hecho nos deja indiferentes.





En el caso de la última frase que he citado, "Siempre me haces enojar", dejemos de lado la palabra "siempre" que--de por sí--es generalmente discutible, y analiza si es realmente la persona la que te hace enojar, o si, por el contrario, es algo que esa persona hace lo que provoca tu enojo.



El enojo es un sentimiento que aparece cuando una necesidad básica se ve amenazada.



Examina cuidadosamente que estaba haciendo esa persona cuando te enojaste y verás que de alguna manera estaba relacionado con la satisfacción de alguna de tus necesidades.

Si no quieres estar sujeto a ser como un títere emocional al cual los demás hacen sentir alegre o triste tirando de la cuerda adecuada, lo que tienes que hacer es negar a las demás personas el poder de influir en la satisfacción de tus necesidades.



Aceptarse a uno mismo



La aceptación de uno mismo tal cual es constituye uno de los pasos más importantes para alcanzar la paz interior. No se puede estar en paz si uno está disgustado con uno o más aspectos de su cuerpo o de su personalidad. Empero, este es el caso de la mayoría de las personas.

Son muy pocas las personas satisfechas con la manera en que vinieron al mundo. Generalmente el problema se centra en las características corporales y ello es así porque el tipo de sociedad en que vivimos ha otorgado una importancia excesiva a la apariencia del cuerpo como factor clave de exitosas relaciones inter-personales.

En otras palabras, cuánto más "lindo" o "linda" uno es, más probabilidad tiene de ser popular entre sus conocidos y de conseguir amor y felicidad.

Por lo menos esto es lo que quieren hacernos creer los anuncios publicitarios de las empresas que lucran con la venta de productos para que la gente deje de ser "fea".

La publicidad de estas empresas se ha centrado tradicionalmente en el sexo femenino, dado que el rol que estaba asignado por la sociedad a las mujeres era el de ser lo más atractivas posible a los fines de conseguir un esposo que les permitiera engendrar hijos que aseguren la continuidad de la especie.

Desde que tenemos noticia las mujeres se han preocupado por corregir los "errores" con que la Naturaleza las ha fabricado, a efectos de adaptarse al ideal vigente en el momento de su existencia. Ese ideal, como es sabido, ha ido cambiando con el tiempo y así ha habido épocas en que la mujer ideal tendía a la obesidad, mientras que en otras no se admitía más que el estilo ultra-delgado.

Esta presión para que la mujer se adapte al ideal de moda en el momento se ha visto incrementada a partir de que no es solamente un recurso para la supervivencia de la especie, sino también para la supervivencia de las compañías que obtienen grandes ganancias de la venta de productos para adelgazar, tinturas para el cabello, distintos cosméticos para realzar la apariencia, etc.

Ultimamente, como el afán de ganar más no admite límites, también el varón ha sido puesto en la mira de las compañías y ahora existe un estilo de moda que los hombres deben tratar de imitar e infinidad de productos que los pueden ayudar a conseguirlo. Para comprobar esto solamente basta con hojear las páginas de una revista y observar como todos los modelos masculinos tienen un aire común, el mismo que tienen los personajes de los programas televisivos.

Teniendo todo esto en cuenta, no es raro que la persona común que no tiene una fortuna para comprar productos que la mejoren o para hacerse las cirugías necesarias, o que tiene características que ni aún de esa manera se pueden modificar, se encuentre enojada contra esas características que, supuestamente, le restan posibilidades de ser feliz.





Si esa es tu situación, debes aprender a desembarazarte de ese sentimiento de frustración atribuyéndolo a su verdadera causa, la cual no es que seas defectuoso de nacimiento, sino que te comparas con un ideal que no tiene nada de sagrado ni de eterno, y que en cambio es una cosa comercial y del momento. Además, si miras a tu alrededor, verás que la mayoría de las personas no cumplen ese ideal que se promociona desde las revistas y la televisión, sin que ello le impida llevar una vida normal y feliz dentro de sus posibilidades.

Otro factor que contribuye a la infelicidad de la persona, pero en menor medida, es la insatisfacción con algún aspecto de su personalidad o de su mente. Cada uno de nosotros viene al mundo con una cierta personalidad y con una cierta capacidad mental. La mayoría está contenta con lo que ha recibido porque la sociedad no pone mayor énfasis en estos aspectos, aunque esto difiere de una sociedad a otra.

Existen personas, sin embargo, a las que les gustaría ser de otra manera o ser más inteligentes. Mientras que la inteligencia de la persona no se puede modificar (cada uno tiene que arreglarse con lo que tiene), hay aspectos de la personalidad que se pueden cambiar y otros que no. En eso consiste justamente la superación personal: en tratar de cambiar aquello que puede ser cambiado y aprender a vivir con lo que no puede serlo.



Evitar la culpa



El sentimiento de culpa es algo que te puede estropear los mejores momentos y su erradicación demandará un gran esfuerzo de tu parte. Lo principal en este tema es aprender a distinguir cuándo y de qué debes sentirte legítimamente culpable, y qué debes hacer en ese caso.

Una cosa que debe quedar en claro es que el sentimiento de culpa, sea procedente o no, no soluciona nada por sí mismo. Si yo hice algo de lo que debo arrepentirme, por más culpable que me sienta y por más tiempo que arrastre ese sentimiento, el acto indebido va a seguir siéndolo y nada se va a adelantar en cuando a subsanarlo.

De aquí se deduce que el sentimiento de culpa, sea correcto o no, es siempre inútil.



Su única función es inducirme a hacer algo para corregir lo mal hecho. Si no tengo intenciones de corregirme o esta corrección es imposible, es inútil sentirme culpable.

En los casos en que realmente tenga razones para sentirme culpable, por ejemplo si he perjudicado indebidamente a otra persona, y lo que he hecho puede ser rectificado, lo que debo hacer es llevar a cabo esa rectificación. Una vez que haya hecho lo posible para solucionar el tema, el sentimiento de culpa desaparecerá por sí solo. Si me siento culpable por haber tratado mal a alguien y esa persona no está disponible para pedirle disculpa, sea porque haya muerto o por otra causa, lo que debo hacer es olvidarme del asunto porque no tiene solución.

La facilidad que tenemos los humanos para sentirnos culpables es utilizada por algunas personas para obtener control sobre otras. Este procedimiento es nocivo, pero por desgracia muy común.



Funciona de la siguiente manera: La persona A quiere que la persona B haga algo. Para conseguirlo se las arregla para que B se sienta culpable si no hace lo que A quiere.

Esta conducta errónea generalmente se aprende en la familia.

Por ejemplo, hay padres que, con la excusa de que no quieren imponer su autoridad a los hijos, recurren a este método para tenerlos bajo control. El padre o la madre acusan a los hijos de ser los causantes de su infelicidad, de su enfermedad o de su muerte, si los hijos no hacen lo que los padres quieren. Esto ocurre normalmente durante la infancia pero puede continuar hasta que los hijos sean adultos.

Cuando los hijos son pequeños, los fines perseguidos por los padres pueden ser válidos, pero el método es incorrecto.



Los padres deben imponerse a sus hijos (en los casos en que ello sea necesario) por el hecho de ser los padres y no por colocarse en una falsa posición de víctima.

Cuando los hijos son ya adultos, el propósito de un padre de interferir en la vida del hijo (más allá de darle los consejos que estime conveniente) está totalmente equivocado, cualquiera sea el método utilizado.

Los niños pueden utilizar esta herramienta en contra de sus padres, haciéndoles sentir culpables si no les compran un juguete o una ropa que supuestamente todos los otros niños tienen, o si no les dejan asistir a una fiesta a la que "todos los chicos van" y que los padres juzgan inconveniente. También puede ser utilizada por el marido en contra de la esposa o a la inversa. Es una conducta nociva que genera resentimiento en la parte obligada a hacer lo que la otra quiere.



Existe otra causa de culpa y son los códigos morales o de comportamiento social que hemos internalizado en alguna etapa de nuestra vida, generalmente en la infancia.



Nos sentimos culpables por hacer algo que va en contra de lo que nos enseñaron nuestros padres, o de lo que hacen las personas de nuestra clase social, o de lo que es bien visto en nuestra familia.

Lo que debes tener bien en claro es que cualquier código que hayas recibido o que sea vigente en tu entorno, te obliga sólo en la medida en que tú adhieras al mismo. Cuando llegas a la adultez, tienes el derecho de revisar los códigos que te hayan transmitido o que todo el resto utilice, y determinar cuáles son las reglas que quieres mantener y cuáles no van de acuerdo con tu manera de pensar.

No debes sentirte culpable por estar en contra de un conjunto de reglas que puede haber quedado obsoleto o que tú no contribuiste a redactar.

Lo que debes hacer es determinar cuáles reglas no estás dispuesto a acatar y qué precio estás dispuesto a pagar por no hacerlo.

















No depender de los demás



Uno de los objetivos (tal vez el más importante) de la superación personal es alcanzar la autonomía en todos los aspectos. La persona evolucionada es autónoma en sus opiniones en cuanto que no acepta pasivamente las opiniones de los demás. Sin rechazarlas indiscriminadamente, se toma el tiempo para analizarlas y determinar si quiere hacerlas suyas.

Al igual que en el plano mental, en el plano emocional también la persona evolucionada es autónoma en el sentido de que sus sentimientos no dependen de los demás. Ella se da cuenta de que si quiere vivir en paz no puede permitir que los demás sean la causa de que esté alegre o triste. Los sentimientos de una persona evolucionada son provocados por su propia decisión o por acontecimientos ajenos a la voluntad de una determinada persona.

Esto no quiere decir que la persona evolucionada no tenga sentimientos, lo que es un equívoco muy frecuente. Hay algunos que, al no entender bien este punto, dicen: "¡Pero no se puede vivir sin sentimientos!" Si bien es cierto que todos los sentimientos negativos que hacen enfrentarse a los individuos, como el odio y el enojo, deben ser desterrados, nada te impide disfrutar de sentimientos positivos como la alegría, la amistad y el amor.

También puedes experimentar tristeza por algo que te ha ocurrido o que le ha ocurrido a una persona querida, o por una noticia referente a la humanidad en general, como por ejemplo una guerra, una epidemia o una hambruna en alguna parte del globo. Pero el sentimiento de tristeza o dolor no debe inmovilizarte de manera que no puedas seguir adelante con tu vida a pesar de lo ocurrido.

Las personas que no han conseguido la autonomía, en el sentido que he explicado, viven dependientes de los demás, sean quienes sean: los padres, los jefes, los novios, los amigos, los esposos, tanto en el aspecto mental como el emocional.



No tienen opiniones propias, o si las tienen no se animan a exteriorizarlas sin solicitar la aprobación del personaje de autoridad. Son esas personas que no se animan a hacer ninguna afirmación sin agregarle "¿No es cierto, Fulano?" Si Fulano no da su aprobación, inmediatamente retiran lo dicho.

Observa en una reunión en la oficina o en una rueda de amigos, y generalmente verás una persona que no abre la boca hasta que lo hayan hecho todas los demás, para de esa manera saber de qué lado sopla el viento antes de decir lo suyo. Esto no quiere decir que la persona evolucionada ande propalando a todos lo que piensa, sin fijarse en la ocasión ni el momento. Lo que ocurre es que, aunque no lo exprese si no lo considera conveniente, tiene su propia opinión que no depende de lo que digan los demás.

Otro aspecto en que se manifiesta la falta de autonomía es la conducta de la persona, que al fin es también una forma de expresarse. Tú te expresas a través de lo que dices y a través de lo que haces. Hay personas que están psicológicamente incapacitadas para hacer algo que piensan que no recibirá la aprobación de alguna figura de autoridad en particular o de la sociedad en general. Por ejemplo, puede ser que ya seas adulto y sin embargo no quieras hacer cosas que te parece que no tienen nada de malo, pero que no serían del agrado de tus padres.

Si sabes que a alguien podría lastimarle o molestarle algo que tú has hecho, no hace falta que vayas corriendo a contárselo. Pero si te ves en la obligación de manifestar si lo has hecho o no, y prefieres negarlo porque te da vergüenza, entonces no te has liberado de la dependencia. En tanto sientas vergüenza de algo que haces, aunque racionalmente reconozcas que no hay motivo para ello, quiere decir que sigues dependiendo de la aprobación de los demás.

Con respecto a las infelicidades de origen amoroso es donde existe más confusión sobre el tema de la autonomía. La mayoría de las personas entiende que el amor debe ser algo recíproco y que si tú amas a una persona, esa persona te debe amar a ti. Si tu amor no es correspondido, no te queda más remedio que ser la clásica víctima de amor.

Sin embargo, esto no tiene que ser necesariamente así. En primer lugar, nada te impide amar a otra persona aunque esa persona no te ame a ti o tal vez ni tenga noticia de tu existencia. En segundo lugar, si la otra persona no te devuelve tu amor, no es obligación que tengas que sentirte infeliz. Si, para amar a alguien, necesitas que esa persona te ame a ti, eso no es verdadero amor sino un sentimiento egoísta y que te hace dependiente del otro.



Evitar la ira



Uno de los sentimientos negativos que tiene que evitar la persona evolucionada es el de la ira, sentimiento que no es de ninguna manera natural de la persona humana como algunos piensan. También hay otros que, echando mano de algunas teorías psicológicas, dicen que es perjudicial para la salud mental reprimir la ira. Y finalmente otros abogan por la salud física postulando que, si no explotan de ira, criarán una úlcera.

Al contrario de lo que dicen aquellos que invocan un derecho natural para enojarse cuando se les dé la gana, es perfectamente posible vivir una vida sin ira. La ira no es una parte imprescindible de la naturaleza humana. Tú puedes aprender a no experimentar ira, con lo cual te librarás del problema psicológico de reprimirla y del problema fisiológico de tener una úlcera.

La ira es siempre la reacción a una frustración, y una frustración es lo que te ocurre cuando te falla algo que esperabas, algo con lo que contabas. Supongamos que esperabas un ascenso en la oficina y el ascenso se lo dan a otra persona. La ira te invade al enterarte. Otro ejemplo: habían convenido con un amigo en encontrarse en un lugar y cuando tú llegaste, él no estaba.



Cuando finalmente llega, media hora tarde, estás reventando de ira.



Generalmente somos presa de ira cuando alguna circunstancia nos impide hacer o conseguir lo que desearíamos, o cuando alguna persona no se comporta de la manera que nos gustaría.

Cualquiera sea la razón por la que te sientes enojado, la realidad es que tú decides enojarte; nadie te obliga a hacerlo.

Este principio de la falta de acción es algo que a algunas personas les resulta difícil entender. Lo que arguyen es generalmente lo siguiente: "Si no me ascendieron, es lógico que me enfade", o "Tengo razón en enojarme". Cuando se invoca la lógica o la razón, se está dando la prueba de que la ira es un producto del pensamiento de la persona y no un acto reflejo inherente a la personalidad.

Así como has decidido que es lógico enojarse o que tienes razón al hacerlo, puedes decidir también lo contrario: que no es necesario hacerlo. Puedes decir, por ejemplo: "Tendría razón en enojarme, pero hay otras razones de mayor peso que me indican que es mejor no hacerlo". Una de esas razones es que generalmente la ira no soluciona nada, sino que complica más las cosas.

La ira trae normalmente consecuencias nefastas para las relaciones personales. Las personas no se llevan mejor porque una de ellas descargue su ira en las otras. Si tienes que convivir con otras personas en un ambiente laboral, seguramente la mejor manera de hacerlo no es estar enojado con esas otras personas. Trabajar en esas condiciones es contraproducente para tu bienestar.

Por otro lado, si tu problema es que no te ascendieron, enojarte tal vez no sea la mejor manera de solucionar el problema y puede incluso disminuir la posibilidad de que te asciendan en el futuro. La ira puede impedirte pensar en maneras efectivas de encarar el problema. Una actitud serena te permite encarar formas constructivas de resolver la situación o de lograr que no se repita en el futuro.

Cuando la persona se permite ser presa de la ira, puede recurrir a agresiones verbales como insultar, ridiculizar o tratar sarcásticamente. Incluso puede llegar a la violencia física tirando objetos o propinando golpes. Algunos apelan a no hablar con la persona objeto de su rencor, como una manera de desconocer su existencia. Si llegas a estos extremos, es muy difícil que encuentres alguien que quiera prestarte ayuda en la situación que te molesta.

Plantear tu disconformidad de forma educada y amable es un recurso con posibilidades de conseguir un resultado favorable. Como éste no es un mundo perfecto, en ocasiones tendrás que reforzar tu pedido apartándote de la perfecta urbanidad, para subrayar la importancia que le das al asunto. Pero, aunque tengas que levantar la voz para hacerte valer, lo importante es no dejar que el enojo tome el control de tu conducta.

Recuerda siempre que enojándote con los demás no los vas a hacer cambiar. Si la otra persona es lenta, desordenada, conduce mal el automóvil, se desempeña mal como miembro del equipo, no vas a conseguir que cambie gritándole e insultándole. Menores resultados aún vas a conseguir con factores impersonales como el clima, el gobierno o la situación económica.



Vivir conscientemente



Vivir conscientemente significa percatarnos de todo lo que afecta nuestras acciones, objetivos, valores y metas, y comportarnos de acuerdo con aquello que vemos y sabemos. Como se puede ver, se trata de dos conductas que, juntas, distinguen a la persona evolucionada.

El primer aspecto es el de la percatación, palabra que significa darse cuenta. Me percato de algo cuando me doy cuenta de ese algo. La percatación es una condición ineludible para manejarse eficientemente con la realidad y está relacionada en cierta manera con la inteligencia, dado que la persona más inteligente se da cuenta de mayor cantidad de cosas.

La percatación es la base de la conciencia en el sentido en que se emplea esta palabra cuando se dice, por ejemplo, que una persona está consciente o está inconsciente. Si alguien recibe un golpe en la cabeza y queda desmayado, se dice correctamente que está inconsciente, queriendo decir que no se da cuenta de lo que le ocurre y de lo que lo rodea (aunque esto no sería tan así de acuerdo a las últimas investigaciones).

El estado de desmayo es, como lo indica el término, un estado, es decir, una situación temporal, transitoria. Algunas personas, por efecto de una enfermedad, caen en un estado similar que es el estado de coma, del cual algunas se recuperan y otras no. Pero en lo fundamental son estados transitorios porque no constituyen la forma usual de existir de la persona.

Cuando hablamos de la situación normal de una persona, usamos el verbo "ser" y no el verbo "estar". Entonces decimos que una persona es consciente o inconsciente. Si bien el verbo cambia para representar una situación permanente en lugar de temporal, el significado de la expresión es el mismo. La persona consciente se da cuenta de lo que ocurre y de lo que le ocurre, mientras que la persona inconsciente, no.

Lógicamente, siempre estamos hablando de niveles relativos de conciencia. El desmayado o el comatoso no pueden valerse por sí mismos para, por ejemplo, alimentarse y así asegurar su supervivencia. Si a una persona en coma queremos mantenerla con vida, habrá que alimentarla de alguna manera artificial. La persona que es inconsciente, pero no está inconsciente, puede alimentarse por sí misma y llevar a cabo un gran número de actividades que desarrollan habitualmente las personas.

El nivel de conciencia de una persona que es inconsciente es sin embargo menor que el de una persona consciente en tanto que percibe menos aspectos de su entorno y los aplica en menor medida a regular su conducta. Puede, por ejemplo, llevar a cabo actividades peligrosas porque no percibe los riesgos involucrados o porque, aún estando al tanto, no les da la importancia necesaria.

Cuando hablo de una doble conducta me estoy refiriendo justamente a que hay dos aspectos a considerar: uno es el darse cuenta y el otro es usar aquello de que me doy cuenta. Si no practicas ambas conductas, no eres una persona consciente. Si sabes que conduciendo más rápido de lo necesario o más allá del límite fijado, incrementas la posibilidad de tener un accidente, y eso no te hace disminuir la velocidad, no te estás comportando conscientemente.

La percatación no está solamente relacionada con la inteligencia, sino también con la voluntad. No es un fenómeno espontaneo, sino un fenómeno volitivo. Tú puedes elegir si quieres o no darte cuenta de la realidad. Obviamente, hay una parte de ti que siempre va a saber qué es lo que está pasando. Ya sabemos que la mente trabaja en varios planos y hay una expresión que lo ejemplifica claramente que es "darse por enterado".

Tú puedes estar enterado de algo, pero no darte por enterado. Esto quiere decir que te enteras de algo y luego niegas haberte enterado, incluso ante ti mismo. Actuar de esta manera no es actuar conscientemente, sino engañarte a ti mismo y es una forma de actuar que te permite excusarte de no hacer lo que deberías hacer. Al renunciar a hacer lo que en el fondo tú sabes que es lo correcto, no estás siendo fiel a tu yo interior.

La conciencia, o sea darse cuenta de lo que ocurre para modificar adecuadamente la conducta, es una de las cosas que distingue al ser humano del resto de los animales. En la medida en que incrementes tu conciencia estarás cada vez más cerca de ser lo que eres, esto es, un ser humano y, por lo tanto, habrás avanzado más en tu camino hacia la superación personal.



Cambiar la manera de pensar



El hombre es un ser pensante.

El hecho de pensar nos diferencia de los otros animales que carecen de esta capacidad. Los animales actúan por instinto, algo que indica al animal en cada momento cuál es la conducta que debe seguir. Lo que distingue al hombre es que no tiene una conducta predeterminada para cada situación.

Ante una situación determinada, tú puedes elegir cuál es la conducta que quieres adoptar. Quiere decir que, hasta cierto punto, puedes decidir tu futuro, cosa que le está vedada a los animales. Este futuro a que me refiero puede ser el próximo minuto, el próximo día o los próximos cinco años.



Lo que importa es que no hay nada que diga que en ese futuro las cosas serán como ahora, salvo que tú mismo lo decidas así.



Ante una afirmación como ésta, tu puedes aceptarla sin más o comenzar de inmediato a enumerar todos los factores que te impiden decidir cuál será tu futuro, en suma, todas las ataduras que mantienen en la situación en que te encuentras ahora. Lo curioso es que seguramente te olvidarás de mencionar la principal causa que te mantiene adonde estás: tu pensamiento.

Efectivamente, el pensamiento que es lo que te permite adoptar nuevas conductas es, al mismo tiempo, el que te limita las opciones que puedes elegir. Las creencias, que son pensamientos fijados en tu mente, te dicen qué es lo que puedes y qué es lo que no puedes hacer. De modo que, como puedes ver, tu pensamiento condiciona tu futuro.

De lo antedicho se deduce que si quieres cambiar tu futuro primero tienes que cambiar tu forma de pensar. Si no quieres que tu futuro sea igual a tu presente, debes comenzar por pensar que un futuro diferente es posible, y luego debes pensar cuál quieres que sea ese futuro. Pero atención, que no cualquier cosa que se te ocurra pensar puede ser posible.

Debes analizar cada una de aquellas creencias que por esto o por lo otro has incorporado, muchas veces en forma inconsciente, pero en última instancia por tu propia voluntad. Con respecto a cada una de ellas debes decidir si quieres seguir manteniéndola o si ya su plazo ha caducado y puedes desprenderte de ella sin inconvenientes.

Una vez hecho esto, tienes el horizonte claro para comenzar a planear tu futuro y aquí es donde la confrontación con la realidad es ineludible. De nada serviría tratar de obsesionarte con ideas que luego la realidad se encargará de demostrarte que eran meras fantasías. Pero justamente de esto se trata el pensamiento, y esto es lo que nos distingue como humanos. El pensamiento es lo que nos permite distinguir la realidad de la fantasía, y lo que es posible de lo que no lo es.

Una vez que has elegido un futuro que es posible de realizar, de nuevo la forma en que pienses influirá en que lo puedas lograr o no. Dependiendo de cuál sea la distancia entre tu punto de partida (el hoy) y tu punto de llegada (el mañana), necesitarás poner mayor o menor empeño en tu propósito, y ese empeño debe reflejarse en la cantidad de pensamiento que le dediques.

Si en general estás satisfecho con tu existencia actual, y solamente quieres introducir algunos pequeños cambios, solamente necesitarás pensar en ello de vez en cuando, cada vez que decidas ocuparte del tema. Si en cambio quieres introducir cambios drásticos en tu vida, no lo conseguirás a menos que hagas una obsesión de ello.

Todas las personas que han conseguido realizar grandes transformaciones en su vida, ya sea en el plano material o espiritual, han sido personas obsesionadas por una idea. Una obsesión es una idea dominante, o sea un pensamiento dominante. Ese pensamiento ha sido lo que le ha permitido a esas personas cambiar su futuro. Pero no estoy queriendo decir que todo el mundo debe tener una obsesión, ni siquiera que tener una obsesión es siempre una buena cosa.

Muchas de las personas que han perseguido una obsesión en su vida, se han dado cuenta, a veces demasiado tarde, que por hacerlo han realizado sacrificios que luego han lamentado. El pensamiento, tu gran ayudante, te indicará cuáles son los sacrificios que debes realizar para conseguir lo que quieres. Solamente tú debes decidir si realmente vale la pena hacer esos sacrificios, sin hacer caso de los cantos de sirena de la sociedad de consumo que constantemente trata de convencerte de que lo mejor es tener más y más, sea de esto o de lo otro.



Controlar los pensamientos



Existe un aspecto clave cuando se trata de decidir el camino que seguirás en tu vida, algo que separa al que puede tomar el control de su vida de aquel que no está en condiciones de hacerlo. Ese aspecto fundamental es el control que puedas tener sobre tus pensamientos, un tema al cual no se le da habitualmente mucha importancia.

Tener el “mando de lo que piensas”, es indispensable por varios motivos, pero dos de ellos son de especial importancia:



A)-Estar en condiciones de elegir que emociones quieres tener, lo que te da la posibilidad de la estabilidad emocional, y poder llevar adelante tu trabajo de un modo productivo que te permita alcanzar la realización personal.

La estabilidad emocional es la característica que te permite no estar a merced de las emociones, y no, como a veces se suele entender, la ausencia de emociones. Consiste en tener las emociones que tú quieres tener y no tener aquellas que no quieres. Las emociones surgen de los pensamientos, aunque a veces tan rápidamente que no nos damos cuenta. Por ejemplo, el pensamiento de algo querido que has perdido es lo que te causa dolor emocional.

Una demostración bastante absurda te dará la comprobación de esto que digo. Supongamos que has roto relaciones con una persona que querías mucho; ahora, cada vez que piensas en esa persona, el corazón se te estruja de dolor. El problema es que no puedes dejar de pensar en ella. ¿Qué pasaría si, por efectos de un golpe en la cabeza u otra causa parecida, tuvieras una pérdida de la memoria?



El resultado es que no sufrirías más, al menos por ese motivo. Esto te demuestra que es el pensamiento de esa persona lo que te da la oportunidad de manifestar tu dolor.

Si crees que no puedes dejar de pensar en alguien, estás equivocado. Puedes hacerlo si quieres; si no quieres, no lo harás aunque digas a todo el mundo que tu mayor anhelo es olvidar. Lo que pasa es que muchas veces no queremos olvidar, por varios motivos que sería largo considerar ahora. Uno de los mayores inconvenientes que afronta la persona que quiere emprender la senda de la superación personal, es el de ser sincera consigo misma. El cerebro humano, esa máquina maravillosa, nos brinda posibilidades asombrosas que no son percibidas por la mayoría de la gente.

Una de esas posibilidades es la de engañarnos a nosotros mismos, lo cual a primera vista parece imposible. Lo que ocurre es que nuestra mente está formada por varias partes: el inconsciente, el subconsciente y el consciente. En la terminología vulgar, la usada por la gente que no es especialista, se toman subconsciente e inconsciente como sinónimo, pero no lo son.

Cuando se escucha decir: "Yo, inconscientemente, siempre lo supe", a lo que se está aludiendo es al subconsciente, o sea lo que está por debajo de la conciencia.

Nuestra conciencia puede engañarse, podemos evitar ver lo que no queremos ver y pensar que todo es color de rosa.

Hay, sin embargo, una parte de nosotros mismos que sabe cuál es la verdad, que ve todo lo que no desearíamos ver.

La persona que quiere crecer tiene que amar, antes que a nada, a la verdad, aunque ésta sea dolorosa.



Nada puede crecer saludablemente si no está basado en la verdad: la mentira tiene patas cortas, nunca llega muy lejos.

Para poder, entonces, manejar tus emociones y no estar manejado por ellas, lo primero que tienes que hacer es aclarar qué es lo que quieres, qué pensamientos quieres tener y cuáles prefieres evitar. Luego, a través del control de tus pensamientos, podrás tener la anhelada tranquilidad espiritual y disfrutar de las emociones placenteras a las que tengas derecho.

Lo mismo se aplica para tener la posibilidad de realizar alguna tarea provechosa en tu vida. Cualquier objetivo de importancia que te fijes necesitará bastante tiempo para ser llevado a cabo y la única manera de llegar a buen fin es mediante la concentración en las metas que te has propuesto alcanzar. La capacidad de concentrarse en lo que se está haciendo, evitando que pensamientos inoportunos distraigan tu atención, es una de las claves para la realización de las grandes obras, como lo puedes apreciar leyendo la biografía de cualquier personalidad excepcional.

Una patología identificada por los psicólogos, que hace imposible la concentración, es el desorden de déficit de atención. La persona que sufre esta enfermedad mental no puede fijar su atención en una tarea el tiempo suficiente como para terminarla. Como persona normal, no afectada por esta dolencia, tu puedes aumentar tu capacidad de concentración mediante el entrenamiento adecuado y así estar en condiciones de llegar a conseguir los objetivos que has elegido para tu vida.











Afrontar la necesidad de cambio



Existen aspectos en la vida de las personas que pueden ser cambiados si existe la voluntad de hacerlo. No todo se puede cambiar, pero algunas cosas sí pueden serlo cuando la persona se decide a poner el empeño necesario. Para ello tiene que haber un motivo, que no siempre es fácil detectar. Las personas que deciden emprender una transformación en sus vidas, generalmente lo hacen por exigencias de su propio crecimiento personal, exigencias que se manifiestan por la aparición de necesidades que antes no existían y que impulsan a la persona a efectuar modificaciones en su manera de vivir.

La motivación para hacer algo es siempre satisfacer alguna necesidad y las necesidades de las personas van cambiando a medida que van recorriendo las etapas del desarrollo personal, que no siempre se corresponden con las transformaciones físicas que experimenta el cuerpo. Si estás experimentando la necesidad de introducir cambios en tu vida, es porque estás entrando en una nueva etapa de desarrollo, con nuevas exigencias, no importa cuál sea la edad que tengas. Hay personas que se desarrollan más pronto, otras más tarde y algunas que no se desarrollan nunca, que quedan estancadas.

El tema del crecimiento personal no es tan divulgado como el de las enfermedades mentales, por lo que a las personas a veces le sorprende cuando experimentan trastornos que antes no tenían y piensan si no estará fallando su salud mental. Por supuesto que ante una alteración de la psiquis, cuando aparecen, por ejemplo, angustias y preocupaciones que antes no se tenían, nunca está de más hacerse asesorar por un especialista, pero siempre sin dejar de lado la posibilidad de que se trate de un fenómeno propio de la evolución que nos lleva a tratar de satisfacer necesidades que antes no sentíamos.

La realidad del cambio que las personas experimentan por la simple acción del tiempo ha dado lugar al conocido concepto de las "crisis de la vida".



Originariamente se habló de la crisis de la mitad de la vida y luego esta idea se ha ido expandiendo para abarcar varias "crisis" que marcan el paso de una etapa de desarrollo a otra. A la idea de crisis se le asigna siempre un significado negativo con el que se da a entender que es una fase en la que la persona experimenta un nivel de angustia mayor de lo normal. Esto es natural dado que la crisis implica el paso de un estado conocido a otro desconocido y es la incertidumbre que esto genera lo que produce el aumento de la angustia.

Lo que debes saber es que si, por el temor a lo desconocido, te rehusas a llevar a cabo los cambios que tu desarrollo te está exigiendo, te estás haciendo violencia a ti mismo y, por más que lo intentes, nunca vas a poder volver al estado en que te encontrabas antes. Aunque exteriormente consigas presentar una apariencia de que todo sigue igual, va a haber una parte oculta de ti que va a quedar insatisfecha y que te va a impedir alcanzar la felicidad que podrías tener.

Un factor que contribuye a empeorar las cosas es el de que, debido a factores genéticos y ambientales, no todas las personas maduran o se desarrollan al mismo tiempo. Esto hace que cuando una persona está lista para pasar de una etapa a otra de su vida, las otras personas que la rodean pueden o no acompañarla en este cambio. Puede ocurrirte que cuando estás sintiendo nuevas necesidades, avizorando nuevos horizontes, tus amigos o tu pareja no entiendan qué es lo que está pasando, porque para ellos ese momento todavía no llegó.

Cuando se presenta la situación de que nuevas perspectivas se te abren y los otros todavía no alcanzan a percibirlas, puedes a veces llegar a una solución de compromiso que atienda a tus necesidades personales. No siempre es necesario romper con los que te rodean, ni tampoco enojarte con ellos porque no te comprenden. Puedes tratar de seguir un curso intermedio en el cual emprendas algunas nuevas actividades, sea o no que te acompañen, y al mismo tiempo continuar manteniendo parte de tu antiguo estilo de vida. Un salto al vacío nunca es recomendable.

¿Cuáles son las características del pasaje a una etapa superior de desarrollo? Un aspecto que se va incrementando a medida que la persona evoluciona es el de la comprensión. Tomando un ejemplo sencillo, tú comprendes que dos más dos son cuatro, y que dos más tres son cinco. Si te preguntaran cómo te das cuenta de eso, dirías que es obvio, que no necesita demostración. Sin embargo estás olvidando que hubo una etapa de tu vida, cuando eras muy pequeño, en que esos resultados no te parecían tan obvios y en que ni siquiera entendías lo que era una suma.

De manera similar, la persona que ha evolucionado contempla con comprensión la conducta de las otras personas que se encuentran en una etapa inferior, dándose cuenta de que obran de la manera que lo hacen porque no pueden hacerlo de otra manera. O sea, que su comportamiento es "obvio", teniendo en cuenta la etapa de desarrollo en que se encuentran.



Por esto es que se acostumbra decir que comprender es perdonar, porque si uno comprende que determinada persona se conduce de la única manera que le es posible, uno no puede sentir ira o resentimiento hacia esa persona, aunque su comportamiento no sea el que uno desearía.







Vivir en el presente



Es común encontrar personas que viven angustiadas por lo que les puede deparar el futuro.

Otras personas parece que vivieran en el pasado: solamente se dedican a rememorar acontecimientos que ya ocurrieron. Ambos tipos de personas tienen en común que evitan o no se dan la posibilidad de vivir en el presente.



Vivir en el presente significa que debo prestar atención a lo que está ocurriendo aquí y ahora (en latín: hic et nunc).



Prestar atención se suele abreviar a veces con la palabra "percatarse", dado que esto último implica lo primero.



Percatarse de algo significa darse cuenta de que alguna cosa existe o de que alguna acción está ocurriendo.



Para percatarme primero tengo que prestar atención.



A su vez, percatarse es la condición para la acción, para obrar.

Difícilmente puedas emprender una acción con respecto a algo si primero no te das cuenta de que ese algo existe.



Por ejemplo, si está lloviendo y tú no te das cuenta, no se te va a ocurrir llevar un paraguas cuando salgas.

Poder obrar conforme a las circunstancias es la clave para tener una oportunidad de que las cosas te vayan bien, porque de lo contrario estás a disposición de lo que la suerte depare para ti. Si vives en el presente, puedes actuar sobre el mismo y así tener la oportunidad de que te vaya mejor.



La persona que vive angustiada por lo que le pueda deparar el futuro disminuye su capacidad para ocuparse del presente y, a cambio de eso, no consigue mejorar su situación. Ello es así porque el futuro es en gran medida imprevisible. Puedes prever el futuro pero solamente hasta un cierto punto. Tus mejores previsiones pueden quedar inutilizadas por acontecimientos que están fuera de tu control.

Una vez que has previsto lo que puedes prever y has tomado las medidas que puedes tomar, ya no tiene sentido seguir preocupándote por lo que pueda pasar.

Si ya has hecho todo lo posible, dedica tu atención a otras cosas. Cuando la ocasión así lo indique, ya sea porque ha pasado un determinado período o porque cambios en las circunstancias lo hagan conveniente, puedes volver a considerar el asunto y ver si debes cambiar alguna de tus previsiones.

Otras personas se rehusan a vivir en el presente porque consideran que fue mejor el pasado.



Mientras que la consideración de lo que es mejor o peor es algo mayormente subjetivo, lo cierto es que el pasado ya pasó y no hay manera de hacer que vuelva a ocurrir.







En una novela uno de los personajes, persona de gran fortuna, hacía reconstruir un pueblo del Oeste norteamericano como era un siglo antes, con estación de ferrocarril y todo. Desgraciadamente, esto no está al alcance de todo el mundo.

Si te obstinas en rechazar el presente con todos los inconvenientes que pueda tener, te privas de aprovechar las cosas buenas que contenga. Nada es completamente bueno o malo del todo, y siempre se puede encontrar algo bueno de que disfrutar. La energía empleada en defender el pasado y aborrecer el presente, la podrías emplear en buscar lo positivo que puedas encontrar en tu circunstancia actual y te evitarías una situación conflictiva que solamente puede contribuir a provocar tu infelicidad.

Aún otro grupo de personas parece que constantemente está esperando que ocurra algo para entonces tener la oportunidad de ser feliz. Estas personas tampoco viven en el presente porque siempre están esperando que algo ocurra. Exagerando, podríamos compararlas con aquel que juega a la lotería y siempre está haciendo planes para cuando gane el gran premio. Cuando esa circunstancia se dé, entonces podrá llevar a cabo las grandes cosas que tiene planeadas. Mientras tanto, la vida va pasando y se pierde la oportunidad de hacer las pequeñas cosas que están a su alcance ahora.

En conclusión, el presente es lo único de que disponemos.







El pasado ya pasó y el futuro está por venir.







Hay que prestar atención al presente para ver qué es lo que tenemos que hacer ahora y para aprovechar lo que podamos disfrutar ahora.



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