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Reflexiones creativas: Centrifugados

Son tiempos feos.

Y no me refiero a la desaparición de agencias legendarias, o al endurecimiento de las condiciones que rigen la vida entre anunciante y agencia.

Corren tiempos difíciles para personas con nombre y apellidos. Con una carpeta esforzada, con premios de papel e incluso premios de metal. Con una carrera honesta, en una palabra. Gente que se ha quedado fuera. Y que con casi total seguridad no vuelva a la publicidad.

Un buen amigo mío, creativo y pintor de talento, es uno de los casos más extremos que conozco.

Sobre él se cruzan la inmisericordia de la crisis, la invencible incapacidad de algunos artistas para cuidar de sí mismos (sé de lo que hablo: mi padre era pintor) y un divorcio devastador.

Omitiré su nombre por respeto a su último patrimonio, su dignidad.

Él, mi amigo, fue un creativo de razonable éxito hace algunos años. Ganó un par de leones en Cannes, media docena de soles y tuvo un buen trabajo, muy cercano a uno de los creativos que han entrado ya en la historia de la publicidad en España.

Llegó un despido, una agencia más pequeña, una frustración, otro despido, un divorcio, una pensión por pagar, otra agencia en una ciudad pequeña, la novia equivocada, un abogado feroz, un pleito perdido, los hijos que no podía ver, un artista roto, un cuadro que no se pinta, una llama que se extingue.

La urgencia del corto plazo, el insomnio de las deudas, la brújula que se desnorta, el paro que se enquista.

Una prosperidad que se añora, el milagro que no llega, los años que pasan, los ahorros que se evaporan.

Hoy, mi amigo no tiene trabajo, no tiene casa en la que vivir, no tiene nada en el banco. Y, como nos pasaría a todos en su lugar, no tiene esperanza ni ilusión por pintar. Lo único que verdaderamente hace como nadie. Lo único que le pondría en condiciones de competir.

Sus amigos más próximos estamos ya ayudándole, no temáis. No está tan solo.

Éste es un caso límite. No hay duda.

Pero aquellos que vivimos en el lado soleado de la publicidad, esa franja hoy más estrecha que ayer, recibimos con desoladora periodicidad mensajes y llamadas de colegas que, más que empleo, piden orientación.

Han sido centrifugados por la crisis y presienten, con razón, cuán difícil será volver.

Hace años la publicidad era un carril muy amplio donde cabíamos todos y, aunque presentíamos que la calle era corta, no sabíamos encontrar en el calendario el día en que ya seríamos demasiado viejos para la publicidad, aunque demasiado jóvenes para la jubilación.

Pues bien, para muchos ese día lo ha señalado, de un trazo brutal, esta crisis.

Ya no cabemos todos, eso es un hecho.

Asistimos a la proletarización de la publicidad. Sueldos bajos, jornadas largas, competencia dura, expectativas escasas.

Desde luego que el talento siempre sale a flote. Tan sólo necesita un esfuerzo ingente y un poco de suerte. O sea, lo mismo que siempre. Con la diferencia de que ahora es aún un poco más difícil que antes.

Preveo, sin embargo, que la vida media de los profesionales se alarga. Esa funesta idea de que había que triunfar antes de los cuarenta descansa en la misma fosa que la generación yuppie.

Una década o dos

Los que nacimos en los Sesenta, por mucho éxito que consigamos alcanzar, seguiremos en ejercicio, si los clientes siguen llamándonos, más de una década, si no dos. Y los que nacieron en los Setenta, con toda certeza, trabajarán con directores de arte y redactores que se jubilarán siendo directores de arte o redactores. Sin que nadie les considere fracasados por ello.

O sea, como en un periódico, como en una editorial. Como en un trabajo normal.

Imperará la cultura del mérito, la profesionalización, la competitividad.

Y con ellas, claro, una selección dura y darviniana.

Y sin embargo aún creo que podemos esperar buenas noticias.

La desusada palabra vocación tendrá significado.

Se valorará como nunca antes la experiencia, tanto en el lado del anunciante como en el lado de la agencia.

Y probablemente por ello el nivel aumentará. La calidad del trabajo mejorará y es posible que alcancemos (algunos lo están consiguiendo ya) a nuestros envidiados vecinos británicos.

Tal vez en unos años sea posible hacer un gran trabajo, tener una familia y salir a las seis. E incluso ser mujer a la vez.

Y como dice el chiste: del glamour, ni hablamos. Será un trabajo. Punto. Y a lo mejor ya era hora.

Pero habrá bajas. Las está habiendo ya.

Los marines, para darse bravura en el combate, invocan la máxima No One Left Behind. Nadie se queda atrás. Debemos volver a por los que caen.

Seguro que casi todos nosotros tenemos cerca a un amigo en una situación difícil.

Mirad atrás. Puede que no lo digan, pero quizás alguien necesite una mano.




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