jueves

DE LA COMPRENSIÓN DE LECTURA A LA LECTURA CREATIVA

La lectura es un acto creativo. Suponer que existe en los textos un sentido,
un significado estático que está esperando a que lo des-cubramos, a que lo
de-velemos para que muestre lo que es por sí mismo, es una mirada
incompleta de lo que hacemos. En la lectura, nos involucramos con los
signos desde todo lo que somos, por ello, en lo textos no solo hablan los sus
autores, también nos decimos a nosotros mismos. Se trata de una
negociación dinámica de sentidos. Hay muchas variables en juego, y una
buena lectura implica tenerlas en cuenta: quién lee y quién escribe, cuál es el
mundo de referencia del texto, cuales los marcos ideológicos o discursivos
desde los que se da la lectoescritura, los lenguajes usados, etc.
Por un lado, están el autor y su perspectiva particular acerca del mundo que
interpreta en el texto. Algo lo motiva a escribir, algo quiere cambiar con su
escritura; es posible y necesario hacer una hipótesis acerca de sus
intenciones, pero conocerlas con certeza es casi imposible en la práctica.
Las marcas mismas que están en el papel que soporta el texto, muchas
veces se configuran ante el lector de un modo imprevisto por quien escribió, y ello modifica la significación. ¿Está diagramado este libro de tal manera que
facilita o dificulta nuestro diálogo? ¿El tipo de papel y el modo en que se
pliega, en algo transforma la relación que tengamos con un periódico?
El entorno desde el cual el autor habla condiciona los temas que aborda, la
relevancia de los mismos, las ideologías que se translucen en lo dicho, los
debates en los que está imbuido, son un marco necesario para acertar en la
generación de sentido. En esta dimesión está también el auditorio al cual se
dirige y al cual quiere conmover el autor… si considerarlo le exige adecuar
sus estrategias de escritura para persuadirlo, de alguna manera, también
ellos están presentes cuando leemos y afectan la significación de la
lectoescritura. Además, en el mundo escrito, hay una gran cantidad de
mediadores que permiten que los textos lleguen a nosotros; sus miradas
subjetivas e interesadas también influyen en la producción social del sentido
(solamente piense en la cadena de intermediarios que hubo entre quien
escribió estas líneas y usted, y de qué manera cada actor tuvo una intención
particular para condicionar en modo en que usted se relaciona con este texto).
Por otra parte, entran en diálogo nuestras preguntas e inquietudes, la
perspectiva del mundo que hemos forjado a lo largo de nuestra historia, e
incluso nuestros estados de ánimo, que nos disponen en distintas direcciones
frente a lo que significamos. Así las cosas, comprender el sentido de los
textos no consiste en extractar algo que supuestamente esconden, sino en
generar, a partir de ellos, una significación que tenga sentido para cada uno
de nosotros. Inclusive, el sentido que un texto genera en nosotros, cambia
con cada vez que lo leemos, o de si lo hacemos en un bus, en la privacidad
de una alcoba o en el silencio administrado de una biblioteca. Todo esto querría decir que la comunicación diáfana es una ilusión. No es
sostenible que el sentido de los textos sea unívoco (como sí puede suceder
en un sistema de cómputo que procesa información por medio de códigos
fijos), más bien, la comunicación siempre está supeditada a la competencia
que tengan los interlocutores para generar sentido a partir de la experiencia
interactiva. Pero de aquí no podemos concluir que la competencia
comunicativa no sea desarrollable, es decir, no se puede renunciar al
propósito de mejorar la manera en que nuestras lecturas y conversaciones
nos permiten significar el mundo más acertadamente. Hay que atender
conscientemente a los procesos de generación de sentido que se dan en la
experiencia vital de la comunicación. No basta con ampliar nuestras lecturas, sino que debemos preguntarnos por cómo leemos; pero, principalmente, hay que hacer conciencia del modo en que generamos sentido en la escritura. Cuando nos enfrentamos al reto de poner por escrito el sentido de nuestra experiencia, con el propósito de lograr que alguien más coincida con aquel, ampliamos el repertorio de recursos lingüísticos de una manera mucho más dramática que con la sola lectura. Tratar de hacernos entender en un entorno crítico, nos permite ser aún más perspicaces en la interpretación de los textos de los demás. En realidad, contrario a lo que suele decirse, sólo un buen escritor es un buen lector.
Ya sea que leamos o escribamos, si queremos ampliar nuestras
competencias lingüísticas, hay que hacer conciencia del proceso de
significación, lo cual implica identificar sus variables. Hay que empezar por
distinguir los lenguajes y marcos discursivos en los que se presenta el texto.
Esto va más allá de decir “está en español” o “está en francés”; se trata de
reconocer cuál es el mundo de significación en el que el texto fue producido y en el cual circula. Así, el lenguaje de la literatura épica no es igual al de las
ciencias sociales, ni el de la comunicación publicitaria al de un debate
político. Reconocer, entonces, el marco discursivo en el cual opera el texto,
es un paso clave para su comprensión. Ahora bien, como en estos mundos
de significado, en estos lenguajes y discursos, hay actores que producen los
textos, hay que atender a lo que éstos representan. ¿Quién escribe? ¿Cómo
caracterizarlo? ¿Qué intereses lo mueven? ¿Sabemos algo de su escuela de
pensamiento, de los debates en los que está comprometido, o de su cultura?
No se trata necesariamente de ir a otros textos para tener tal marco
interpretativo, sino saber que éste, en la lectura, es determinante para la
generación acertada de sentido. ¿Cómo respondernos estas preguntas
mientras leemos? Muchas veces en los mismos textos se nos dan
implícitamente las claves para reconocer el discurso desde el que nos
hablan. Lo que se deben mantener son las preguntas.
Por otra parte, hay que reconocer que el texto media relaciones sociales, por
tanto, hay que atender no sólo a lo que por é se dice, sino a lo que con él se
hace. No basta decir “el texto dice que la temperatura global ha aumentado
en las últimas dos décadas”, sino saber que, con esta idea, el autor está
“haciendo una advertencia” o “sembrando el pánico entre los inversionistas” “planteando la pertinencia una plataforma política ecologista”. Preguntarnos
por qué es lo que pretenden hacer los interlocutores con las palabras es algo que suele pasarse por alto, y resulta ser muchísimo más clave en la
interpretación acertada de los textos que reconocer el significado de su
léxico.
Lo que “se hace con los textos”, además, tiene varias dimensiones. Hay que
distinguir los actos de significación, los de habla y los de texturización.
Los primeros, permiten identificar el modo en que se representan los estados
de cosas a los que hace referencia un texto. Si se trata de algo real (“estoy
leyendo”), hipotético (“alguien escribió esto en un computador personal”),
probable o posible (“el fenómeno del niño traerá racionamiento de agua”). Si
lo representado depende de la acción o voluntad de los interlocutores, el acto de significación definirá si algo es realizable (como en “podríamos ir a cine”), o se instituye por las palabras (como en “de ahora en adelante somos
novios”) o se daría por la ejecución de la orden dada (como en “tráeme las
llaves que están en el cuarto”). Por su parte, los actos de habla tienen que
ver con las intenciones que nos mueven a decir algo, y lo que socialmente se
quiere afectar con el habla o la escritura. Así, para hacer que alguien cierre
una puerta, podríamos decir “¡qué calor que está haciendo aquí!” y con ello
hacer la sugerencia para que alguien la abra y permita la circulación de aire
en el salón. El acto de significación en esa frase sería simplemente una
constatación de un hecho, que “hace calor”, pero lo que en el habla
queremos hacer con ello es otra cosa, no es sólo hacer una aserción. Por
último, están los actos de texturización, que son el modo en que damos orden a lo que queremos significar en un texto. Así, no es lo mismo que hagamos una narración o una descripción, una argumentación no es igual a una diatriba, un poema surrealista no está organizado de la misma manera que uno bucólico, etc. Aquí intervienen los géneros textuales, que son los modos en que los grupos sociales han estandarizado formas de tejer signos para propósitos particulares. Si se trata de un texto leído en un periódico, por los géneros textuales podemos distinguir entre la noticia y la crónica, el reportaje y el artículo de opinión, la publicidad de un informe crítico, etc.
De esta manera, considerando las variables del contenido y la forma, de las
interacciones sociales que se median por el texto y los mundos de referencia
a los que se hace alusión en ellos, la lectura deviene en un acto creativo, no
de consumo pasivo; se trata de un verdadero trabajo que exige esfuerzo e
ingenio y, como en todo arte, de entrenamiento.


http://www.icesi.edu.co/blogs/semiosis/2010/01/20/de-la-comprension-de-lectura-a-la-lectura-creativa/