domingo

El placer de resolver un acertijo (y dos)

Habían transcurridos no menos de doscientos noventa y nueve plenilunios desde que el ínclito Rui heredó el oficio del cambalache. Miles de leguas soportaron sus alpargatas, y cientos de fanegas sobre el espinazo acarreó; mas sobrevino el día que debió legar su labor a la chavea. Sin descendientes, elegiría entre la muchachada del pueblo algún imberbe capaz de semejante jornal. Para recusar a los menos hábiles y acertar con la criba, seleccionó a tres, de entre los que se hallaban el hijo del Eulogio, tan fuerte como zote -cuestión de genes-, el mayor del casero de la Dehesa del terrateniente y una zagala huérfana que mendigaba por las escaleras del Archivo Municipal.

Sopesando, por propia experiencia, las posibilidades de cada uno, llegó a la conclusión que el más fuerte sería capaz de cargar siete celemines, el que se había criado en el monte, escuálido pero competente lazarillo en el vasto boscaje, tres celemines, y la sagaz desharrapada, ocho cuartillos. De cada celemín, Rui al venderlo recibía veinte duros, y para cumplir con sus asiduos debía atender la demanda, mínimo tres cuartillas, cada día.

Por linaje, el del casero, jamás se perdería en el bosque, y sin embargo la joven que olía a jaras, lo haría tres veces y media de cada diez. El recio, sólo una de cada cinco.

Pero además, no debía permitir que el secreto de los almaceneros en la Raya quedase al descubierto por mentes ansiosas de lucro, o gendarmes tributarios. Fue por tal disculpa que creó junto a Pascal y los primos un sistema que codificara el mensaje y además dotara de clave sólo a las personas adecuadas -ya saben que el silencio es el último orden-. Por tantear a los adolescentes presentó una prueba:




De ningún modo se imaginó que la perspicaz moza con su mirada ladina arrojara la solución en un santiamén. Incrédulo comprendió el despejado intelecto de la cría; mas sin embargo, la situación de los otros dos no vaticinaba las mejores expectativas. El fornido de ellos adivinaría la incógnita sólo un tres por ciento de las veces. El otro, un quince por ciento.

También conocía Rui que la repetición y la experiencia suponen atenuantes de la ignorancia, siendo así que cada día se aprende sobre el anterior. La tasa de aprendizaje del hijo del Eulogio será del 1%, el ritmo del hijo del casero al 3% y la chica lo hará al 7%; índices similares de la tendencia a la traición.

Por cada celemín recibido piensa premiarles con cinco duros, empero si no alcanzan la fanega diaria, los penalizará con ocho duros por cada celemín restante. En sus quehaceres habituales, la huérfana obtenía cincuenta pesetas mendigando, el lacayo del terrateniente, cincuenta y seis duros cada semana pastoreando y el hijo del carpintero, tres duros diarios de aprendiz.


¡Por Belcebú! Como intuía Rui, ¿será viable en el tiempo este sistema ideado? ¿Alguien más descifra la clave de los almaceneros?


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