domingo

John Katzenbach en La historia del loco

A veces no estoy seguro de que algunos incidentes que recuerdo con claridad ocurrieran de verdad. Un recuerdo que parece sólido como una piedra, acto seguido me resulta tan vaporoso como una neblina. Ése es uno de los principales problemas de estar loco: nunca estás seguro de las cosas.
Trabajo como voluntario para registrar el regreso del salmón a la cuenca del río Connecticut. Eso me exige observar cómo infinitos litros de agua fluyen por la presa, y ver de vez en cuando cómo un pez remonta la corriente, impulsado por un potente instinto de volver a su lugar de nacimiento, donde, en el mayor misterio, desovará a su vez y morirá. Admiro al salmón porque comprendo lo que significa ser empujado por fuerzas que los demás no pueden ver, sentir ni oír, y percibir la obligación de un deber más importante que uno mismo. Son peces psicóticos. Tras años de recorrer tan felices el ancho océano, oyen una poderosa voz interior que los impele a iniciar este viaje imposible hacia su propia muerte.
No recibes demasiada correspondencia personal cuando vives tan aislado como yo, así que cuando llega algo fuera de lo corriente, te apresuras a examinarlo. Aparté el correo basura y abrí el sobre, lleno de curiosidad. Lo primero que observé fue que habían escrito bien mi nombre.
El problema de tener un nombre de pila que se comparte con el sexo opuesto es que genera confusión. Más de una vez he recibido cartas del seguro médico porque no dispone de los resultados de mi último frotis cervical o preguntando si se me ha hecho alguna mamografía. He dejado de intentar corregir estos errores informáticos.
La gente celebra reencuentros sin cesar. Los veteranos de Pearl Harbor o del día D se reúnen. Los compañeros de curso de secundaria se ven tras una o dos décadas para observar las cinturas ensanchadas, las calvas o los pechos caídos. Las universidades utilizan los reencuentros como medio para arrancar fondos a licenciados que recorren con ojos llorosos los viejos colegios mayores adornados de hiedra recordando los buenos momentos y olvidando los malos. Los reencuentros son algo constante en el mundo normal. La gente intenta siempre revivir momentos que en su memoria son mejores de lo que fueron en realidad, evocar emociones que, en realidad, es mejor que permanezcan en el pasado.
Una de las consecuencias de mi situación es sentir devoción por el futuro. El pasado es una confusión fugitiva de recuerdos peligrosos y dolorosos. ¿Por qué iba a querer regresar?
Aquello era peligroso. Inquietante. Amenazaba la muy cuidadosa existencia que me había construido.
La librería especializada en autoayuda y crecimiento espiritual, en la que el dependiente detrás del mostrador tenía el aspecto de haberse leído todos los libros de los estantes sin haber encontrado ninguno que lo ayudase. El calor del día parecía emanar de las aceras, una calidez radiante como una estufa de una sola posición: temperatura infernal- Vestía mi único traje: un traje de lanilla azul para asistir a entierros, comprado de segunda mano en previsión de la muerte de mis padres, pero como ellos se obstinaban en conservar la vida, era la primera ocasión en que me lo ponía. No tenía ninguna duda de que sería un buen traje para que me enterraran con él ya que mantendría mis restos calientes en la tierra fría.
Pero ¿qué podrán decirme? Después de todo, soy el loco de la familia. Una excusa que justifica toda clase de comportamientos.
Un soldado británico, lord Jeffrey Amherst, cuyo salto a la fama se produjo al equipar cruelmente a las tribus rebeldes de indios con mantas infectadas de viruela. Estos regalos lograron con rapidez lo que las balas, las baratijas y las negociaciones no habían conseguido.
El tiempo parecía menos urgente, menos misterioso, como si la segunda manecilla del reloj avanzara muy despacio y los minutos pasaran a regañadientes.
Va bien que la gente siga pensando que estás totalmente loco, porque así nunca puedes ponerte en una situación demasiado embarazosa.
Una idea se abrió paso a través de aquella sinfonía disonante: si sobrevivía a ese día, no era probable que viviera jamás uno peor.
Una mujer imponente, estirada, de más de mediana edad, vestida con un ajustado traje de etiqueta azul, el cabello demasiado crespado, el delineador de ojos demasiado marcado y el brillo de labios ligeramente excesivo, lo que le confería un aspecto algo incongruente, entre bibliotecaria y prostituta callejera.
Le gustaba subrayar sus palabras con movimientos de la mano, de modo que su conversación parecía la actuación de un director de orquesta con la batuta.
No es cuestión de vallas, ni de puertas cerradas con llave, aunque tenemos un montón. Hay muchas formas de tener a una persona encerrada. Piénsalo. Pero la mejor no tiene nada que ver con fármacos o cerrojos: aquí casi nadie tiene adonde ir. Si no tienes eso, no te vas. Es así de simple.
Estaba sentado farfullando y gesticulando con las manos como un director que no logra que la orquesta toque al compás adecuado.
No parecían haberse peinado en la última década.
El pensamiento creativo está bien, pero sólo ciñéndose a los detalles conocidos.
Sólo nos teníamos a nosotros mismos.
Ya sabes el proverbio: “Cuidado con lograr lo que deseas.”
Tienes que encontrar tu propio camino. Lo encontrarás, Pajarillo. Sólo tienes que reconocerlo cuando se presente. Ése es el problema.
-¿Cómo puede sobrevivir alguien aquí? –preguntó. Francis no tenía la respuesta.
-No estoy seguro de que se suponga que debamos hacerlo –susurró.
Recordó el mantra que había adoptado después de ser atacada: Sólo sigues siendo una víctima si lo permites.
La soledad y el aislamiento que produce el final del día. Pero, mientras tanto, estaba a salvo, o por lo menos todo lo a salvo que podía esperar. Daba igual la cantidad de cerrojos que tuviera en la puerta, no impedirían la entrada a mis peores miedos.
Cuando eres pequeño, quedar al margen es una cosa terrible. Puede que la peor.
Era increíble y abrumadoramente típico. La calle típica de una manzana típica poblada por familias típicas. Sueños típicos. Aspiraciones típicas. Típicos en todos los sentidos, desde primera hora de la mañana hasta última hora de la noche. Miedos típicos, preocupaciones típicas. Conversaciones que parecían revestidas de normalidad. Incluso típicos secretos ocultos bajo fachadas típicas. Un alcohólico. Un maltratador. Un homosexual no declarado. Todo típico, todo el tiempo. Excepto yo, claro.
Sonrió al reconocer al familiar dilema al que se había enfrentado toda su vida, el equilibrio entre los pequeños pasos y las zambullidas de cabeza. Sabía que estaba donde estaba, por lo menos en parte, por haber sido incapaz de dudar.
Aquella noche me comentó todos los detalles de la conversación con los tres religiosos. Creo que quiso dejar que yo lo imaginara, porque ése era el estilo de Peter. Si no sacabas las conclusiones tú mismo no valía la pena sacarlas.
Se preguntó si volvería a amar alguna vez. Lo dudaba. No era algo tan simple como odiar a todos los hombres por lo que había hecho uno. Ni de ser incapaz de ver las diferencias entre los hombres que había conocido y el que le había hecho daño. Más bien era como si su corazón se hubiera oscurecido y congelado. Sabía que su agresor había determinado su futuro y que cada vez que señalaba de modo acusador a algún encausado cetrino ante un tribunal estaba cobrándose una venganza. Pero dudaba que nunca fueran las suficientes.
Recordarse sin cesar que ése no era su sitio le exigiría una notable fuerza de voluntad.
Con la esperanza de incorporar a mi memoria a alguien que pudiera ayudarme a luchar.
Estaba sumido en ese inquieto estado entre la vigilia y el sueño en que el mundo se difumina, las amarras a la realidad se sueltan y uno se ve arrastrado por mareas y corrientes invisibles.
Lo más rápido posible. El tiempo ya no era su aliado.
En cierto sentido la situación en que se encontraba se parecía a toda su vida. En todos los sitios donde había estado, era como si hubiera una puerta cerrada que le impidiera moverse con libertad.
Si lamentaba algo, era que la agresión le hubiera robado lo que le quedaba de inocencia y jovialidad. Después de eso, la risa le resultaba más difícil y el amor le parecía imposible de lograr.
Se miró en el espejo y devolvió despacio todos sus recuerdos a los compartimientos donde los guardaba archivados de un modo ordenado y aceptable. Lo pasado, pasado estaba.
Lo primero que hizo fue sacar la maleta negra de debajo de la cama. Marcó la combinación del cerrojo para abrirla. Dentro había un bolsillo cerrado con cremallera, que abrió para extraer una funda de cuero marrón oscuro que contenía un revolver corto del calibre 38. Sopesó el arma en la mano un momento. Lo había disparado menos de media docena de veces en los años que hacía que lo tenía, y le resultaba extraña pero incisiva.
Cogió las tijeras y, casi esperando ver sangre, empezó a cortarse el pelo.
Sus palabras parecieron plumas atrapadas en una ráfaga de viento.
La escalera se encontraba en una media penumbra, como si las bombillas desnudas que iluminaban cada rellano fueran insuficientes para contener los zarcillos de oscuridad que penetraban en esa zona. El aire parecía húmedo y caluroso, como si apenas hubiera circulado, como en el interior de un desván cerrado.
Me encogí de miedo y me oculté de la oscuridad que se colaba en la habitación. Busqué palabras valientes para responder, pero eran escurridizas.
Estas palabras me sonaban tan afiladas como la hoja de un cuchillo.
Los demás permanecieron junto a la puerta, como si acercarse más fuera a aumentar de algún modo lo horrendo de la imagen que tenían delante.
-Todo lo que podía salir mal, salió mal –afirmó-.
Convertía todo lo que la rodeaba en su escenario. Puede que ése sea su mejor epitafio.
Lo que hacía de aquel médico una persona peligrosa era su capacidad de distanciarse de la indignación, el insulto y el enfado y, en su lugar, adoptar una actitud tranquila y observadora.
Cuando alguien quiere se ahorca, sus tendencias suicidas se vuelven bastante claras.
Aun así, nunca se sabe.
Era como intentar atrapar una pluma arrastrada por el viento.
Jamás había conseguido hacer nada bien, ni una sola vez en toda su vida.



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