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¿Qué es “gestión ética”?

Es común oír hablar de ética empresarial y gestión ética de las empresas, sin embargo, creo que hay cierta ambigüedad en torno a este concepto. A mi juicio, en algunas reflexiones parece que esto quiere decir que las empresas deben actuar voluntariamente de un modo correcto y, en otras, que abordan la cuestión de la relación con las personas, que deben ponerse al servicio de sus empleados.
Para empezar debemos establecer un mínimo para distinguir las actuaciones éticas, es decir, buenas, de las no éticas o malas. En la formulación kantiana, podríamos definir el comportamiento ético como «Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio» o, expresado en un lenguaje de inspiración más humanista, son éticas, buenas, aquellas actuaciones respetuosas con la dignidad de la persona. Con esto ponemos a la persona humana en el centro y deberíamos entender que todas las actuaciones y productos de la humanidad deben estar al servicio de la persona humana al hacer que cada vez pueda vivir de modo más acorde con la dignidad que le es propia.
Trasladado al ámbito empresarial podríamos formular esto diciendo que gestión empresarial ética significa poner a la persona en el centro de la toma de decisiones.
Considerando la decisión empresarial primigenia, crear una empresa, esto quiere decir que las empresas no están para ganar dinero, sino al servicio de las personas; el mero beneficio económico no puede ser el fin de una empresa ética, sino la promoción de la dignidad de las personas. Asumir que el fin de una empresa es sólo el beneficio económico es situar la especulación pura y dura como paradigma de gestión empresarial. El fin de una empresa debe ser situar en el mercado bienes y servicios que tengan un nivel de demanda que permita la viabilidad económica del proyecto empresarial. El mercado es el modo en que la sociedad, como organización social, decide responder a las preguntas de qué bienes producir, cómo producir dichos bienes y para quién producirlos. El mercado es la herramienta que la sociedad utiliza para redistribuir recursos. Por ello ni la actividad empresarial ni el mercado son autónomos, no se rigen única y exclusivamente por sus propias reglas, sino que, en aquellos aspectos en los que sea necesario, deben ser tutelados por la sociedad para que cumplan efectivamente su misión de redistribución. Lo cual, aunque no sea objeto de esta reflexión, plantea la pregunta de por qué en un mundo con una sociedad y un mercado globales, los estados, institución a la que la sociedad encomienda esa labor de tutela, rehúsan ceder soberanía a instituciones supranacionales que puedan hacerla efectiva mientras el creciente poder de las compañías globales supone, de facto, una mengua de su capacidad para el ejercicio efectivo de esa soberanía que pretenden preservar.
Pasando a un plano más operativo la gestión ética, poner a la persona en el centro de la toma de decisiones, quiere decir, en primer lugar, que las empresas, cómo no podía ser de otro modo, deben evitar los impactos negativos que su actividad pueda generar y hacerse responsables de aquellos inevitables y no trasladar su gestión a la sociedad. Además, no corresponde a la decisión empresarial evaluar qué impactos negativos son admisibles, sino a la sociedad, que será quien debe sopesar los beneficios y perjuicios que obtiene para decidir si éstos son asumibles en función de aquéllos.
Ad intra, de cara a las personas que integran la organización, no cabe duda de que éstas están al servicio de la producción de los bienes o la prestación de los servicios que la empresa oferta; ese es el fin para el que se constituye una empresa. Poner a estas personas en el centro de la toma de decisiones significa ser conscientes y tomar en consideración el impacto que las decisiones empresariales tienen en sus vidas, de tal modo que se retribuya justamente su aportación y no se menoscabe su dignidad. Llegados a este punto nos encontramos con la dificultad de concretar en qué consiste esa dignidad. No hay ninguna duda de que su expresión mínima se halla en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se concretan, aunque sea de modo provisional, en las diferentes normas de naturaleza laboral que en ella inspiran. Creo que también es indudable que, afortunadamente, al menos en el primer mundo, hemos conseguido ir más allá de esos mínimos pero, una aproximación a ello tiene entidad suficiente para ser objeto de otra reflexión que intente concretar esta aproximación más general a qué debe entenderse por “gestión ética”.